domingo, 13 de abril de 2008

El último dragón

Me llamo Dracus y soy el último dragón. Todos los de mi especie han sido exterminados por los humanos. Llevamos siglos huyendo de ellos. Los humanos creen que el mundo les pertenece. No podrían estar más equivocados. Nosotros habitamos la Tierra desde mucho antes de que ellos aparecieran. Hemos sobrevivido a toda clase de adversidades, pero ellos, con su maldad, han conseguido lo que parecía imposible: acabar con los seres más fuertes del planeta.
Los primeros humanos nos tenían miedo, pero cuando empezaron a vivir en pueblos y a construir armas, empezó nuestro final. Su maldad se multiplicó y sólo deseaban nuestro exterminio. Los dragones somos fuertes y grandes, pero sin nuestras alas no somos nada. Idearon mil formas distintas para cortarnos las alas, y poco a poco, los dragones fueron muriendo. Cuando yo nací, apenas quedábamos una docena. A los 6 años, vi morir a mis padres y amigos. Nos tendieron una trampa, y caímos. Yo fui el único que sobrevivió, gracias a mi madre, que me protegió hasta el último momento.
De esto que cuento hace ya muchos años, ahora estoy mayor, sólo, y cada día más cansado.
Me quise vengar de los humanos que masacraron nuestra especie. Por eso, un día acudí a verles y les informé que una vez a la semana, me comería a uno de sus habitantes. Si no lo hacían, les destruiría la cuidad y morirían todos. En realidad la carne humana no me gusta, los dragones somos vegetarianos. Pero los humanos siempre cuentan leyendas en las que son devorados por los dragones. Así que bueno, ellos lo inventaron, yo sólo llevaría a la práctica sus inventos. Aterrorizados, aceptaron mi propuesta. A lo largo de los años han intentado atraparme y matarme en repetidas ocasiones, pero no lo han conseguido.
Hace unos años descubrí que elegían a mi víctima por sorteo. Y por fin a llegado el momento culminante de mi venganza, voy a comerme a la princesa, la nieta del hombre que ideó el ataque a mi manada. Los humanos son malos, y sé que al rey no le importa quien muera, siempre y cuando no sea su familia. Ahora entenderá mi sufrimiento, sabrá por lo que yo he pasado, sabrá lo que es perder lo que más quieres.
El día acordado, fui al monte en el que la humana me sería entregada. Me quedé estupefacto, el pueblo entero se encontraba observando a lo lejos. Al primer momento no encontré a la princesa, pero entonces vi como se acercaba caminando hacía mi. Estaba llorando, igual que muchos de los espectadores. Igual que su padre y su abuelo. Igual que mi madre cuando me abrazaba y me pedía que huyera.
Esperé a tenerla delante para olerla, lentamente, disfrutando del horror que mostraban las caras allí presentes.
Entonces pasó algo que no me esperaba, estaba absorto en el repugnante olor de la humana cuando noté un dolor agudo en el ala izquierda que me recorrió todo el cuerpo hasta llegar al corazón. Me giré, y vi un humano sentado encima de un caballo blanco. Era rápido y valiente. (Los humanos nunca atacan directamente, siempre se han escondido detrás de muros o montañas.) Mi ala izquierda sangraba y me dolía. El humano bajó del caballo y con una espada se dirigió hacia mí. Intente salir volando pero a los pocos metros caí contra el suelo. Lo miré a los ojos, y en ellos no vi ningún rastro de lástima, miedo o amor. Clavó su espada en mi corazón y de la sangre que brotó creció una rosa roja. La rosa del último dragón.

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